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UN CASO DE ACOMPAÑAMIENTO TERAPEUTICO A UNA NIÑA

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UN CASO DE ACOMPAÑAMIENTO TERAPEUTICO A UNA NIÑA

Mensaje por EVENID el Jue Ago 05, 2010 4:31 pm

PSICOLOGIA › UN CASO DE ACOMPAÑAMIENTO
TERAPEUTICO A UNA NIÑA

“Se le doblan las piernas”



La niña tenía dos años y medio pero no caminaba, ni
gateaba, ni se paraba. El neurólogo, no habiendo daño orgánico, la
derivó a terapia: la terapeuta propuso un acompañamiento terapéutico y
la acción de esta acompañante sobre la niña y el grupo familiar fue
decisiva para el cambio.




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[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen] Por Susana
Kuras de Mauer
y Silvia Resnizky *
Los padres de Elena,
de dos años y medio, consultan, derivados por un neurólogo, porque la
niña no camina, ni siquiera gatea. Tampoco realiza ningún esfuerzo
muscular para pararse. Los intentos de “pararla” fracasan porque no se
sostiene en pie. “Se le doblan las piernas”, cuentan, como si no tuviera
tonicidad muscular. Elena prácticamente no se moviliza. Sólo gira en
redondo cuando está sentada, si algo le interesa o si necesita alcanzar
algún juguete. Pero, si para lograrlo necesita recostarse sobre el piso,
no vuelve a sentarse sola. Tampoco hace ninguna fuerza con los brazos.
Exhaustivos estudios médicos refieren que no hay ningún daño orgánico ni
neurológico que justifique esta conducta.

Los padres están preocupados. El papá, Carlos, tiene 44 años, y la mamá,
Estela, 42. Elena es su primera hija. La mamá confiesa que la crianza
de la niña le resulta difícil. “La tuve de grande cuando ya pensaba que
no iba a tener hijos. Me pongo muy nerviosa cuando Elena llora o se
encapricha. Ya soy grande, no tengo la misma paciencia que a los 20.
Siempre trabajé, hasta que nació Elena y dejé de trabajar.”

Los tres viven en la casa de la abuela materna, que está enferma. “Tiene
incontinencia y algo de arteriosclerosis. Siempre está acostada o
sentada.” Tuvieron que mudarse con la abuela, agrega Carlos, porque a él
lo estafaron y perdió el departamento donde vivían. No queda claro si
Estela dejó de trabajar para cuidar a Elena o a su mamá.

Los padres cuentan que Elena casi no habla pero que entiende todo. Le
gustan los libros: “Los saca, los mira, da vuelta las hojas. Prefiere
los libros con láminas. Se hace la que lee. Ella es así porque vive
entre grandes”. La falta de lenguaje en la niña no es una preocupación
para ellos.

Elena llega a la primera entrevista a upa del papá. Está vestida con
ropa algo antigua, que le queda un poco grande. La sientan en el piso de
espaldas a la analista. Elena gira, mira a la analista con una mirada
inteligente y penetrante y empieza a golpear las piernas contra el piso:
le muestra así a la analista que sabe cuál es su problema, el que
motivó la consulta. Se interesa por los juguetes del canasto: los va
sacando, aunque sólo para verlos. Los ubica cerca, al alcance de su
mano. Si alguno se le escapa, pide que se lo alcancen haciendo señas o
emitiendo sonidos. No juega, y va quedando rodeada de objetos que
dificultan, progresivamente, su ya escaso movimiento.

La analista indica algunas entrevistas con los padres y también un
acompañante terapéutico en la casa, en principio para trabajar con
Elena.

Las primeras visitas de la acompañante a la casa permitieron tener un
panorama de las condiciones en que Elena vivía. Esto posibilitó no sólo
planificar actividades con ella, sino también trabajar con los padres.
El valioso relevamiento del acompañante, en relación con la ingeniería y
la dinámica familiar, puede constituir una herramienta clave para el
desarrollo de un tratamiento. Se trata de testimonios vívidos, que con
frecuencia articulan datos que parecerían no tener ni conexión ni
sentido.

En este caso, la acompañante terapéutica descubre que Elena no tiene
habitación, duerme en el living. Es un departamento de dos dormitorios,
en uno duermen los padres y en el otro la abuela. Elena pasa la mayor
parte del tiempo en la cuna, que está repleta de juguetes. El
departamento es oscuro porque las persianas suelen permanecer bajas, y
está lleno de muebles grandes. La mamá prefiere que Elena esté en la
cuna y no en el piso. En realidad, prácticamente no hay lugar para que
Elena se mueva.

La casa está impregnada del “olor de la abuela”, como lo llamó la
acompañante terapéutica: un olor rancio, mezcla de orín y falta de
higiene. En el trabajo clínico con familias muy dañadas psíquicamente,
es frecuente que el dialecto de la sensorialidad tenga un peso
contratransferencial singular. En especial, el registro olfativo suele
ser percibido y subrayado en el registro de los profesionales en
contacto con este tipo de familias.

Otro dato aportado por la acompañante terapéutica se refiere a un ritual
para “ayudar” a Elena a hacer caca. La mamá, cuando entiende que Elena
quiere hacer caca, la acuesta, con el pañal puesto, sobre la mesa, y
allí la nena hace mucha fuerza, se pone colorada y finalmente hace caca.
En casos de trastornos severos del desarrollo, es frecuente que
encontremos usos indiscriminados de los espacios dentro del
funcionamiento cotidiano. Categorías como adentro-afuera,
permitido-prohibido, no se construyen y los hábitos del niño se van
armando con desajustes y distorsiones, cuyos efectos repercuten en las
adquisiciones propias del crecimiento.

La inclusión del acompañante terapéutico amplía las fronteras del
registro; favorece una mayor consistencia en la evaluación del caso. El
acompañante es testigo de datos relevantes que la familia no relata,
porque ni siquiera los registra como inconvenientes y menos aún
conflictivos.

Elena sufre un trastorno en su desarrollo y en el funcionamiento del yo.
El retraso en la marcha y el lenguaje, y la inhibición en su
desarrollo, denotan una situación conflictiva: por un lado, las
dificultades de Elena para desprenderse y adquirir independencia; por
otro, las de los padres para propiciarle condiciones adecuadas para el
crecimiento. La “progresión de la dependencia a la independencia” –tal
como lo plantea Donald Winnicott– está detenida. El medio circundante no
pudo adaptarse a las necesidades de movimiento y crecimiento de Elena.
Los temores de la madre, la depresión del padre y la enfermedad
invalidante de la abuela no resultan “facilitadores” de la expansión, la
autonomía y el derecho a la palabra.

En las entrevistas con los padres, va surgiendo la angustia que les
provoca la idea de que Elena se desplace. Aparecen fantasías asociadas a
la pérdida de control. Crece el temor de que Elena, fuera de los
límites de la cuna, se les vaya de las manos, como si la niña pudiera
empezar a correr “alocadamente” –decían los padres– por el departamento,
chocando contra los muebles. Los padres asocian esto con el miedo
potencial a enfrentar la adolescencia de Elena, ya que ese momento los
encontrará “muy mayores”. Vinculan el crecimiento de la niña con
peligros que ellos se sienten incapaces de afrontar.

Surgen también intensos temores de que Elena, al caminar, se lastime;
posiblemente se trata de formaciones reactivas a sentimientos
ambivalentes de la mamá hacia esta niña que la confronta con sus propias
fobias. El papá, aunque aparece debilitado por la quiebra económica, se
muestra genuinamente preocupado por la falta de lugar para Elena y
sugiere, durante las entrevistas, la posibilidad de correr algunos
muebles para armarle un espacio de juego en el piso.

Mantener a Elena inmovilizada alimenta en los padres la fantasía de
detención del tiempo. Si Elena no da un paso, el tiempo no pasa. La
marcha y, en un sentido amplio, el crecimiento mismo, se equiparan al
paso veloz del tiempo y esto trae aparejadas fantasías de enfermedad,
envejecimiento y muerte. Posiblemente la situación de estancamiento esté
potenciada por la presencia de la abuela que, con su enfermedad,
presentifica las fantasías: lo temido está a la vista.

El deseo de que nada cambie es un deseo mortífero (así lo advierte Piera
Aulagnier en “Trastornos psicóticos de la personalidad o psicosis”,
trabajo presentado en el Congreso de la IPA, Roma, 1989). La no
aceptación del paso del tiempo obliga a la desmentida. “Que nada cambie”
en ese cuerpo de bebé y en esta abuela, es un deseo irrealizable,
porque nadie puede sustraerse a las modificaciones del cuerpo a través
del tiempo, ni al cambio en la relación con el mundo que se establecerá a
partir de ellas. A Elena la cuna ya le resulta chica y a la abuela se
le ha agrandado la distancia de su habitación al living. Los padres
buscaron, inconscientemente, refugio en la inmovilidad. Congelar el
tiempo parece ofrecerles algún alivio (a un alto precio).

Quizá la situación de estancamiento se produjo en el momento en que
Elena comenzaba a despegar de su lugar de lactante y avanzaba en su
crecimiento: la marcha, el lenguaje, el control de esfínteres. Mientras
tanto, la abuela iba retrocediendo: la arteriosclerosis y sus
consecuencias de pérdida de control e inmovilidad.

El acompañamiento terapéutico se orientó hacia la realización de juegos
que favorecieran el movimiento afuera de la casa, en la plaza. Elena
salía poco a la calle y no iba a la plaza. La mamá le insistió a la
acompañante en que para salir a la calle usara el cochecito. En la
primera salida Elena fue en cochecito hasta la plaza; una vez allí miró
con interés los juegos, pero se resistió a bajar del cochecito. Hizo
señas a la acompañante para llenar el balde de arena y tirar con la
palita la arena al piso. En la segunda salida, a pesar de la insistencia
de la madre, la acompañante decidió llevar a Elena hasta la plaza en
brazos, no en el cochecito. Jugaron en el arenero, en el subibaja, en la
hamaca. Elena disfrutaba.

Poco tiempo después, Elena se paró. Su excitación fue enorme cuando se
dio cuenta de que lograba sostenerse. Reía.

A partir de ese momento se planteó un juego recurrente: Elena se paraba
sobre los pies de la acompañante e insistía para que ella se moviera. La
acompañante caminaba, con Elena sobre sus pies, sosteniéndola por los
brazos. Al son del conocido estribillo “María la paz, la paz, la paz...”
Elena comenzó a mover sus piernas, “para adelante, para atrás, para el
costado, al otro costado”. Elena necesitaba usar los brazos y las
piernas de su acompañante; también su mirada. Caminaba sin perder de
vista el rostro de la acompañante, “sosteniéndose” en su mirada. Quizá
buscaba, en la expresión de alegría de la acompañante, el “reflejo de su
propia imagen omnipotente”, en términos del psicoanalista Donald
Winnicott.

Días más tarde, Elena caminó sostenida desde atrás, sólo por los brazos.
Ya no necesitaba las piernas de la acompañante ni tenerla de frente.
Después, la acompañante se ubicó de costado, sosteniéndola por las dos
manos. Pronto Elena se animó a caminar de la mano de la acompañante;
después, se soltó y siguió sola.

Al verla caminar, la mamá y la abuela protestaron, como si el hecho de
que Elena caminase les corroborara que el no caminar era sólo un
capricho. En realidad reaccionaron con temor. Manifestaban miedo a que
Elena tropezara y se lastimara. Sin embargo, de a poco, fueron
incorporando la idea de que ella podía desplazarse sin lastimarse.

En la actitud de la acompañante terapéutica, tanto con la niña como con
los padres, fue importante cómo se posicionó frente a la idea de
posibles tropiezos. Resignificar una perspectiva frente a la dificultad
es una función clave en el trabajo con niños. En este caso, fue
determinante hacerles espacio a los tropiezos como parte del proceso y
del progreso. No hay movilidad sin tropiezos, no hay aprendizaje posible
que no contemple el error como uno de sus componentes inevitables.

Pocos días después de que Elena se pusiera en marcha, los padres,
aduciendo dificultades económicas, interrumpieron el acompañamiento
terapéutico, y dos semanas más tarde, dieron por concluidas las
entrevistas de pareja. Pero, días más tarde, la analista recibió un
llamado del neurólogo: los padres lo habían visitado, muy contentos,
para mostrarle que la nena ya caminaba.

Si bien esta familia no había sido capaz de acompañar a Elena en la
adquisición de sus movimientos, les resultó menos difícil aceptar que
los lograra merced al trabajo de la acompañante terapéutica. Por lo
demás, esta historia de la clínica nos presenta un duro contrapunto
entre el desvalimiento propio del comienzo de la vida con el que se
padece cuando la vida llega a su fin.

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Mi hijo sufre retraso psicomotor

Mensaje por EVENID el Jue Ago 05, 2010 4:44 pm

Mi hijo sufre
retraso psicomotor






[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]En este caso
el pequeño padece un retraso en el desarrollo de las capacidades
cognitivas y motrices, como por ejemplo hablar o caminar. Generalmente
está asociado con daños o déficits del sistema nervioso central.
Sintomalogía
El niño no consigue algunos logros que a determinada
edad cronológica debería de haber conseguido. Como por ejemplo,
mantenerse sentado, comenzar a hablar o caminar. No obstante, el ritmo
del desarrollo psicomotor no es igual en todos los niños;
dependerá de su etapa evolutiva. Hay bebés que
alcanzan ciertas destrezas rápidamente, mientras que otros, tardan más
tiempo en conseguirlas. Pero esto no significa que los bebés
más lentos tengan un retraso psicomotor, simplemente, que su desarrollo
madurativo es más lento. Unos niños empiezan a andar con 10 meses y
otros no lo hacen hasta los 18. Esto es completamente normal. Lograrán
realizar estas habilidades cuando su cuerpo esté preparado para ello.

Etiología
Principalmente se debe a complicaciones durante el embarazo
o el parto.
Tal es el caso de la hipoxia (ausencia de oxígeno en el cerebro),
hemorragia cerebral o toxoplasmosis, rubéola en etapas iniciales a la
gestación.
En otros pacientes, las causas deben buscarse en las alteraciones
cromosómicas, como es el caso del Síndrome de Down.
Durante los primeros meses de vida las causas pueden deberse a una
enfermedad importante como meningitis o encefalitis; en otros casos, a
una ictericia por incompatibilidad de Rh, una lesión cerebral ocasionada
por un traumatismo en la cabeza o enfermedades endocrinas o metabólicas
congénitas (hiper o hipotiroidismo o fenilcetunuria) no tratadas a su
debido tiempo.
Diagnóstico
Por regla general, el niño que padece un retraso psicomotor
alerta a sus padres de que algo no funciona o no se ajusta a los
patrones evolutivos establecidos. En este caso, el médico será quien
realice un exámen exahustivo en el niño, evaluando sus
antecedentes familiares y su historial médico. Si observa indicios de
alguna enfermedad añadida, pedirá diversas pruebas y estudios para
diagnosticarla.

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